¿Por qué se odia la excelencia?

En el año 2007 publicamos, con un grupo de Profesores de la universidad, un libro titulado Educación y excelencia humana. Vigencia de la educación humanista. Recuerdo que, a los pocos días de aparecer la obra, un Supervisor declaró, en manifiesta relación al libro, que en la actualidad la excelencia era una cuestión obsoleta en la educación dado que la escuela debía ocuparse de ofrecer conocimientos estandarizados que estuvieran al alcance de la totalidad de los estudiantes.

Este Supervisor, supuestamente idóneo en materia educativa, estaba manifestando la negación de toda jerarquía, de todo ideal de vida que trascendiera la ramplonería que parece ser, hoy por hoy, la regla de vida.

Esta reacción inmediata de absoluto rechazo a la idea de excelencia convive en este funcionario (y en la mayoría de la actual dirigencia de los más diversos sectores sociales) con la aceptación de la tosquedad más desembozada, la vulgaridad, la irreverencia y una total falta de vergüenza.

La corrupción del juicio de este funcionario, que provoca deliberadamente una alteración de la vocación del hombre hacia lo más alto y que además convierte su existencia en una vida hermética centrada en la ciénaga de sus pasiones y caprichos, encuentra hoy una aprobación casi unánime dentro de un mundo que odia lo excelso.

Pero, ¿por qué tiene tanta aceptación este sentimiento de (yo diría) odio? El odio es el rechazo de algo que consideramos perjudicial y deseamos destruir. Y eso dañoso, para este tipo de personajes, es el orden del ser, aquel orden que siempre les recuerda su esencial condición de creaturas y, por eso, su radical dependencia de Dios que ha creado todo de la nada.

En estos nuevos términos, se piensa que este rechazo inicial es la condición básica para que la persona “pueda considerarse absolutamente libre”; y esta libertad ya no se identifica con lo bueno sino con un mundo de deseos ilimitados, sin jerarquía alguna y carentes de toda valoración moral.

Esta peligrosa cerrazón del hombre “emancipado” lo arrastra a la barbarie más absoluta, a la imposibilidad de una cultura paidética que podría conducirlo a las mayores alturas de la existencia humana. Su entera auto-satisfacción, precisamente por ser absolutamente vulgar, paraliza su alma y le impide iniciar cualquier tipo de dinámica perfectiva.

En resumen: el odio al orden del ser, unido a la complacencia por su escuálido ser, lo sumergen cada vez más en el lodo de la nada hasta empujarlo a la esterilidad más absoluta. Este sujeto empobrecido es incapaz de aprender, de producir algún cultivo de su ser.

Sucede que, para ser capaz de cultura, el primer acto debería ser no la insubordinación sino la obediencia. Solo es capaz de escuchar (que eso significa precisamente obediencia) quien puede oír; y se trata de oír todo aquello que nos muestre una perspectiva cognoscitiva y experiencial que sea más elevada que la propia (único modo de irnos enriqueciendo y encaminando hacia la excelencia humana).

La actual educación, pensada y configurada desde el odio al orden del ser, imposibilita a quienes se educan que transiten un camino de perfección que los conduzca a pensar y a querer lo bueno, a abrazar aquello que los hará grandes.”.

Ahora bien. Es menester preguntarse algo más: ¿qué sentimiento anida detrás de este odio? Creo que detrás de él no podemos encontrar más que un amor desmesurado de sí mismo. Esta voluntaria oclusión, que obliga al hombre a vivir dentro de sus estrechísimos límites, lo incapacita para abrirse a una perspectiva trascendente, a una Medida que lo supera en perfección, fijándole un ideal al cual solo es posible acceder, dentro del orden natural, a través de la disciplina, por el esfuerzo… (y pido perdón por el uso de estas malas palabras).

Resultado: este mísero personaje al que hoy hago alusión, condenado a la pobreza más absoluta, vive de sus gustos, de sus caprichos, de sus intereses, siendo incapaz de alcanzar una visión universal: estamos frente a un ser inculto, que se mueve rechazando y demoliendo todo vestigio de lo excelso.

Hoy, lamentablemente, el odio a la excelencia (que es como decir, el odio a esforzarse por adquirir una segunda perfección virtuosa), nos ha conducido a la existencia de una sociedad en la que el hombre hermético (tal como lo llamaba Ortega) se cree con pleno derecho a imponer su vulgaridad dondequiera sea. Y no quiere lo excelso porque su abulia espiritual le impide ponerse en movimiento para buscarlo.

Solo espero que no se reproduzcan tanto este tipo de “Supervisores”, porque se trata de personajes peligrosos de los cuales es mejor huir.

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