Contra el adoctrinamiento universitario

Recientemente, en la Universidad Nacional de la cual soy profesor, el Consejo Superior ha resuelto adherir a la llamada “Ley Micaela” que determina la capacitación obligatoria en género para todas las personas que integran los tres poderes del estado. La Universidad Nacional de Villa María, según se lee en su página web, “formará y capacitará (también con carácter obligatorio) con perspectiva de género a sus funcionarios, funcionarias, docentes, no-docentes y estudiantes”.

Me parece totalmente correcto afirmar los legítimos derechos de la mujer amenazados y jaqueados por una posición machista que, no pocas veces, y lamentablemente, llega hasta el empleo de la violencia. La mujer tiene la mismísima dignidad del varón. En este sentido, celebro la decisión del Consejo Superior. Sin embargo, este aspecto totalmente positivo de la cuestión no me impide advertir el “gato por liebre” que se pretende introducir mediante la resolución. Al respecto me permito formular tres observaciones:

1. La afirmación falaz que sostiene, por un lado, y de modo explícito, la vinculación lógica y necesaria entre doctrina de género y cese de la violencia; por otro lado, de modo tácito, que toda otra doctrina ha venido avalando esa violencia.

2. La creencia, también engañosa, en el sentido de que las conductas violentas cesarán sólo mediante el conocimiento de una determinada doctrina. ¿Cuántos hombres tienen una clara de la idea de lo justo y, sin embargo, se comportan de modo totalmente injusto?

3. La solapada intención de vender “gato por liebre”: en la superficie le aseguro a la mujer el respeto de sus legítimos derechos, pero de paso, obligatoriamente, inoculo “mediante la formación y capacitación en la perspectiva de género” una determinada visión del mundo, de la persona y de la ética.

Respecto de este último punto, a mi juicio bastante grave, me permito ahondar un poco. La denominada perspectiva de género tiene como presupuestos filosóficos la negación de la metafísica y, con ello, la idea de naturaleza, el materialismo histórico, el conocimiento entendido en términos de construcción, etc. Su ADN puede encontrarse en el sociologismo.

Ahora bien, en una universidad, cada profesor tiene el derecho de “profesar” una doctrina, esto es, una red de respuestas estructuradas de modo sistemático, que ha ido edificando a lo largo de su vida.

Si el Consejo Superior pretende compulsivamente “formatearme” en el sociologismo, ¿deberé abandonar el realismo filosófico que cultivo y que profeso?, ¿dónde quedará, entonces, la libertad de pensamiento y de cátedra? Esta universidad, ¿tendrá como ideal alcanzar un solo pensar, un solo querer y un solo sentir? Me pregunto, además: ¿qué sucedería si el Consejo Superior se propusiese formar y capacitar a toda la comunidad universitaria en el ideario de Platón, Pascal o Heidegger para que todos se conviertan en platónicos, pascalianos o heideggerianos?

En realidad, este craso “formateo” no es otra cosa que un puro adoctrinamiento que avasalla las convicciones más profundas de un auténtico profesor y que, por esa razón, resulta absolutamente rechazable. A nadie –medianamente alerta– escapa que el intento final es alcanzar una revolución cultural mediante la modificación del sentido común de todos los ciudadanos.

Todo auténtico universitario debiera regirse por la virtud de la moderación (que surge de su auto-conocimiento), la cual le revela su condición de finitud. El espíritu totalitario, por el contrario, se caracteriza por una conciencia de auto-suficiencia, que cree poseer la solución definitiva a todos los problemas humanos. De allí que sea dominado por el vicio temible de la hybris (desmesura): su incurable exceso lo conduce a pretender violentar a los otros indicándoles qué deben pensar y cómo deben obrar.

Lamentablemente, este espíritu totalitario e impulsivo ha ido ganando un gran espacio dentro de nuestro país, lo cual no deja de ser bastante alarmante. En efecto, cuando la moderación huelga, sentenciaban los griegos, las catástrofes se avecinan. De allí que sea preciso, y con suma urgencia, volver a cultivar, tanto en la universidad como en la sociedad toda, la virtud de la mesura: sólo de este modo, la sentencia de los griegos no llegará a su cumplimiento.

Espero que esta decisión del Consejo Superior de la Universidad Nacional de Villa María en temáticas de género, tal como reza el título del artículo que aparece en la página de la universidad, no avance en los hechos (aunque sí ya lo haya hecho en las palabras), tanto que me impidan ejercer, libremente, mi acto de pensar y de querer. La forma que me doy a mí mismo depende enteramente de mi elección; detesto –como ya lo expresé– todo formateo: mi dignidad de persona, ciudadano y profesor así lo exigen.

Felizmente, el propio Estatuto de la Universidad me resguarda cuando expresa: “Favorecer el desarrollo de los valores primordiales como son: la realización de la persona en libertad, el respeto a la diversidad ideológica, cultural, de credos y religiones, el pluralismo político, la participación solidaria, el comportamiento ético, la transparencia con justicia y equidad en los actos y actitudes, la autonomía responsable” (Sección I, Título I, art. 1, inciso l).”

Sólo espero que, en este caso, la todopoderosa voluntad política se digne someterse al imperio de la norma. Ojalá la mesura desplace a la hybris.

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