Yo quiero, tu quieres, el quiere

Alguna vez hemos leído que el derecho positivo debe adaptarse a los cambios que imperan en la actual sociedad. Estos cambios son exigidos por la autonomía de la voluntad humana que no reconoce límites y, por esta razón, los derechos sucedáneos de estos cambios se multiplican al infinito.

¿Qué supuestos se esconden detrás de esta tesis? En primer lugar, que no existe un orden objetivo al cual la inteligencia humana deba conocer y ajustar su conducta. Por el contrario, debe sostenerse que todo “orden” encuentra su origen en la pura decisión del hombre en lo que respecta a aquello que considera que es lo mejor para todos. En este sentido, el derecho no es otra cosa que un mero instrumento ordenado a obedecer a esa voluntad colectiva que le fija contenidos, obviamente, siempre cambiantes. El derecho, entonces, debe seguir fielmente el mandato de la decisión colectiva.

Como puede advertirse, en el origen de todo está la voluntad del hombre, la pura decisión. Es esta última la que constituye al estado y su ordenamiento jurídico; la voluntad es anterior al “tú debes” ya que el deber supondría mantener una relación con un ordenamiento anterior a mi querer al cual me siento obligado a obedecer.

Al respecto, el gran pensador alemán Karl Löwith comenta: “La moral está destruida y ‘sólo queda: yo quiero’, es decir, la fuerza para querer y para destruir todo cuanto ya no puede querer ni quererse a sí mismo con igual intensidad”[1].

Una sociedad fundada en el decisionismo ha abandonado el ideal de justicia y, por eso, no se encuentra en condiciones de asegurar aquello que le corresponde a cada uno. Este estado de injusticia, vehiculizado desde el mismo derecho positivo, genera una sociedad violenta y de escasísima calidad en virtud de su mayor aproximación a la anarquía.

Hoy por hoy, tanto el estado como el ordenamiento jurídico que nos rige descansan en una decisión arbitraria cuya única “virtud” consiste en imponerse mediante el uso de la pura fuerza. La ley, en estos términos, es la herramienta para afianzar dicho poder y no, precisamente, el medio tendiente a cooperar con el bien del ciudadano.

De allí que el saber del abogado no pueda trascender el ámbito de la mera técnica, ya que ha renunciado a toda inteligencia universitaria que se interrogue acerca del ser y del para qué de cada cosa -en nuestro caso, de la ley-. Esta mentalidad de la que participa el mismísimo estado, jamás neutral, da lugar a la existencia de un tipo antropológico marcadamente fenicio, filisteo. El ejemplo siguiente lo dibuja con total claridad.

Un individuo, preocupado y ocupado en tapar un agujero mediante el cual se filtra una fuerte luz por la ventana que no le deja ver, sólo ve todo objeto como “medio para” cubrir el agujero. De este modo, pone en el mismo rango a un sucio papel higiénico, a los diálogos de Platón, a la Biblia o a una piedra preciosa. Su pensamiento utilitarista, homologizador, no distingue jerarquías en las cosas y, como consecuencia de ello, al modo de los cerdos, pisotea lo más sagrado. La universidad por la que “pasó”, pero que jamás lo configuró, no le enseñó que el universitario es una persona cuyo distintivo es el ejercicio del intelecto, por medio de un acto denominado “pensar”, el cual no deja de interrogar a la realidad para llegar a los fundamentos últimos de la misma.

Esta mentalidad, que ha disuelto las relaciones sociales, es la causa más profunda de la corrupción en tanto esta última es, ante todo, corrupción de una inteligencia que ha devenido pura ratio (= cálculo ordenado al cumplimiento de meros intereses), dando la espalda a su objeto propio, cual es la verdad. Cuando esto sucede, el estado no puede encontrar su razón de ser sino en su propia decisión que, en tanto primera, impera sobre el todo. En realidad, como lo refiere el destacado filósofo de la política italiana, Danilo Castellano, el caprichoso poder del estado se erige en la razón de su existir y su operar[2].

De aquí se sigue una concepción puramente positivista del derecho y una praxis jurídica que, en lugar de ordenarse a lo justo, sólo se ocupa de aplicar la ley positiva sin interrogarse jamás sobre la justicia de la misma.

La tragedia que vive el pueblo argentino desde hace ya mucho tiempo es una prueba de ello. La profunda crisis que vive la Argentina encuentra su verdadera causa en un ethos utilitarista que ha desarrollado una pertinaz fobia hacia la verdad y el bien, y que pretende, contrariamente a la ética socrática, edificar una gran nación al margen de la virtud.

*

Notas

[1] El hombre en el centro de la historia. Balance filosófico del siglo XX. Barcelona, Herder, 1998, p. 93.

[2] Danilo Castellano. La razionalità della politica. Napoli, Edizioni Scientifiche Italiane, 1993, p. 73.

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