Doctrina y discernimiento en la Iglesia Católica

Padre Enrico Rosa

Tengo ante mí el texto de un jesuita, el Padre Enrico Rosa, publicado en el año 1909, el cual sostenía en su Prefacio que el modernismo se presentaba como un cristianismo nuevo que amenazaba con suplantar al antiguo[1].

Este intento referido por el Padre Rosa había sido hartamente proclamado en la Iglesia a través de la voz y la prédica de teólogos, profesores, sacerdotes, etc. Sin embargo, no había podido perforar la doctrina oficial de la Iglesia Católica.

El estado de confusión que hoy refieren no pocos católicos al describir la actual situación de la Iglesia Católica es el resultado de advertir que ese nuevo cristianismo comienza a ser no sólo propuesto para ser creído sino avalado y defendido por la misma Iglesia a través de miembros de su máxima jerarquía, tanto mediante la palabra explícita como a través del silencio cómplice o cobarde.

La operación de consumación de un nuevo cristianismo está, en nuestros días, en pleno auge. Consideremos una clara manifestación de esto: las palabras del General de la Compañía de Jesús. En Rossoporpora[2], Giusseppe Rusconi le hace una entrevista al General de los Jesuitas, al sacerdote venezolano Arturo Sosa. En la misma, Sosa afirma, entre otras cosas, que los cristianos no sabemos bien, en realidad, aquello que ha dicho Jesús. No podemos determinar el alcance de sus verdaderas palabras. Por esta razón, el fiel católico se pregunta: pero entonces, ¿la Iglesia Católica ha venido enseñando como verdaderas muchas cosas que, probablemente, ni el mismo Jesús haya dicho?

En realidad, nos ilustra el Padre Sosa, en el último siglo han florecido los estudios que buscan determinar qué cosa ha querido decir Jesús. Y prosigue: “para mí, venezolano, una misma palabra puede tener un significado diverso al que le otorga un español. Y eso no es relativismo, sino que sólo certifica que la palabra es relativa; el Evangelio ha sido escrito por seres humanos y es aceptado por la Iglesia que está compuesta de seres humanos. ¿Sabe qué dice San Pablo? No he recibido el Evangelio de ninguno de los Apóstoles. He ido a encontrar a Pedro y Santiago por primera vez tres años después de la conversión. La segunda, después de diez años y en esa ocasión hemos discutido acerca de cómo debe ser comprendido el Evangelio. Finalmente me han dicho que mi interpretación era adecuada, sin embargo, no debo olvidar a los pobres… Por eso es verdad que ninguno puede cambiar la palabra de Jesús… ¡aunque sea necesario saber cuál ha sido!”. Y prosigue el General de los jesuitas: “La Iglesia se ha desarrollado durante siglos, no es un pedazo de cemento armado… ha nacido, ha aprendido, ha cambiado… para esto se hacen los concilios ecuménicos, para puntualizar los desarrollos de la doctrina. Doctrina es una palabra que no me agrada mucho ya que conlleva en sí la dureza de la piedra. Por el contrario, la realidad humana es más matizada, no es jamás blanca o negra, es un desarrollo continuo…”. En otras palabras, la doctrina deberá dejar paso al discernimiento. Pero entonces, le pregunta el entrevistador Rusconi, ¿existe una prioridad de la praxis del discernimiento sobre la doctrina? Y Sosa le responde: “Sí, aunque la doctrina forma parte del discernimiento. Un verdadero discernimiento no puede prescindir de la doctrina”.

Un fiel cristiano no puede dejar de preguntarse: si son las inteligencias de los teólogos y estudiosos, en general, quienes pueden determinar lo que en verdad ha dicho Jesús, ¿entonces mi fe se asienta sobre sentencias determinadas por meros hombres, absolutamente falibles como el que escribe este artículo?, ¿no sostenía, acaso, la Iglesia Católica (digo “sostenía” porque parece no seguir haciéndolo) que Dios mismo había dado a la Iglesia, por medio de su jerarquía, la correcta interpretación de la revelación divina?

El Padre Sosa no sólo permanece en sus declaraciones (las cuales se apartan bastante de lo que la Iglesia ha venido enseñando durante sus dos mil años de existencia), sino que, además, pretende imponer urbi et orbi su visión, haciéndola pasar como propia de la Iglesia. En efecto, todo aquel que osare contradecir los “vientos del discernimiento” y sea fiel a la doctrina anteriormente predicada por la Iglesia se convertirá, ipso facto, en un fundamentalista. Pareciera que el Padre Sosa no advierte que los fundamentalistas son hijos de una Iglesia que les enseñó, durante casi dos mil años, que las verdades reveladas no cambian sustancialmente y que, además, pueden ser conocidas y testimoniadas. Entre ellas, aquella que enseña que el matrimonio cristiano es indisoluble.

De las palabras del Padre Sosa se desprende, con mucha claridad, que el discernimiento se funda, más que en la doctrina católica expuesta a lo largo de sus dos mil años, en una interpretación filosófica a la que él adhiere al modo de un dogma y que le ha sido dada por aquella línea de la modernidad, la cual sostiene que el proceso del pensamiento humano hacia la inmanencia radical es irreversible. En consecuencia, si la Iglesia no se “moderniza”, no será capaz de fraternizar con los tiempos actuales, permaneciendo fuera de la historia, es decir, no siendo capaz de tener ninguna cuota de poder en el mundo actual. Para que ello no suceda, es necesario fluidificar su doctrina llevando a cabo, en lugar de una evolución homogénea de la misma, al modo de Vicente de Lérins, una verdadera revolución, una verdadera ruptura que haga de la doctrina católica una realidad esencialmente lábil y, por eso, adaptable a cualquier tiempo histórico.

Creo que el dispositivo para dar labilidad a la doctrina se llama, en nuestros días, discernimiento. Mediante el mismo la Iglesia irá erosionando el contenido revelado, aquello mismo que Pascal denunciaba de los jesuitas en sus Cartas Provinciales. La renuncia a un contenido revelado que desconocemos, según el Padre Sosa, permitirá a la Iglesia ser aceptada por parte de una civilización que no sólo no admite la existencia de un Salvador sino tampoco la de un Creador Perfecto, distinto del mundo.

No puedo dejar de traer a mi memoria el libro de Giorgio Agamben a propósito de la renuncia del Papa Benedicto XVI. En este texto, Agamben refería: “Hay, en la Iglesia, dos elementos inconciliables y, sin embargo, estrechamente relacionados: la economía y la escatología, el elemento mundano-temporal y el que se mantiene en relación con el fin del tiempo y del mundo. Cuando el elemento escatológico se eclipsa en la sombra, la economía mundana se vuelve propiamente infinita, es decir, interminable y sin objetivo”[3].

Notas

[1] Enrico Rosa. L’Enciclica “Pascendi” e il modernismo. Studii e Commenti. Roma, Civiltà Cattolica, 1909, seconda edizione conrretta e accresciuta, p. III.

[2] http://www.rossoporpora.org/rubriche/interviste-a-personalita/672-gesuiti-padre-sosa-parole-di-gesu-da-contestualizzare.html. La traducción del texto italiano es nuestra.

[3] Giorgio Agamben. El misterio del mal. Benedicto XVI y el fin de los tiempos. Avellaneda (Bs. As.), Adriana Hidalgo editora, 2013, 1ª edición, p. 30.

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