Resentimiento y revolución bolivarianos

Resentimiento y revolución bolivarianos

Resentimiento y revolución bolivarianos

En el año 1970, en su escrito titulado L’epoca della secolarizzazione[1], Augusto Del Noce señalaba que uno de los fenómenos más típicos y devastadores que caracterizaban la época de la secularización era la aparición y la expansión de una singular forma de mesianismo político, el cual venía a sustituir, por un lado, la Trascendencia con la inmanencia absoluta, y por el otro, el Paraíso con la sociedad perfecta.

Este mesianismo está dominado por una idea central: el cumplimiento del destino y la felicidad del hombre a través de la política revolucionaria. Todo mal, situado siempre fuera del hombre, más concretamente en las estructuras, será definitivamente expulsado y esto traerá aparejada la aparición de un hombre nuevo completamente transfigurado. Para la realización de esta tarea soteriológica surge un grupo de intelectuales a los que Luciano Pellicani denomina “revolucionarios de profesión”[2], y los caracteriza como una fuerza que tiende a destruir la cultura que ha generado la civilización que tenemos, con el fin de crear una realidad totalmente nueva.

Este nuevo tipo antropológico genera una sub-cultura revolucionaria que está presente en casi todos los países, muchos de los cuales pertenecen a América Latina. Las universidades, por ejemplo, están dominadas por esta sub-cultura revolucionaria: a través de ellas se ha exaltado en la población la ponderación de asesinos situados completamente al margen de toda forma democrática. Un ejemplo típico, en Argentina, es el caso del Che Guevara al cual se le levantan monumentos y cuyo nombre es aplicado a diversas obras públicas. Incluso un día escuché, azorado, de boca de un periodista argentino para nada sospechado de marxista sino más bien de “golpista”, que Guevara era admirable por sus convicciones. Recuerdo que en esa oportunidad le señalé a mis alumnos, con resignada ironía, que todo el mundo, con ese criterio, debía festejar el día 20 de abril, el nacimiento de Adolf Hitler, ya que sus convicciones eran tan profundas como las de Guevara. Un tremendo disparate, como podrá colegirse.

En nuestros días, la situación en Venezuela tiene, detrás del mascarón de proa que es Nicolás Maduro, a estos revolucionarios de profesión. He visto, incluso, que un “intelectual” argentino, del ámbito de la ciencia política, defendía la represión salvaje de Maduro sin movérsele un músculo de la cara. Sin embargo, en Argentina, este personaje se dedicó siempre a defender todo tipo de marchas, incluso la toma de comisarías, y todo ello en nombre de los “derechos humanos”.

Maduro, y antes Chávez, está siguiendo la lección de Guevara quien abrigaba la esperanza de hacer la revolución en los países de América Latina utilizando el propio sistema democrático. Refería Guevara: “… no está excluida la posibilidad de que el cambio en cualquier país se inicie por vía electoral…”[3]. Una vez llegados ellos al poder debían comenzar la revolución marxista la cual suponía la anulación del Estado de Derecho y la concentración de la suma del poder en el dictador de turno.

Días atrás escuchaba a Maduro y me preguntaba si hablaba en serio o se estaba burlando de todos los que lo escuchaban. Acusaba a los opositores de fascistas y, simultáneamente, expresaba que cualquier venezolano que quisiera realizar una marcha, tenía que tener un permiso expreso otorgado por él. Una pieza maestra de surrealismo.

La misma lógica, aunque un tanto más menguada, ha reinado en la concepción de los Kirchner. Muchas operaciones se han orientado a alcanzar la revolución del resentimiento: una de ellas fue la reforma de la justicia que fracasó estrepitosamente gracias a la existencia de una sociedad civil robusta. El corazón de los Kirchner no ha estado precisamente centrado en el respeto del Estado de Derecho sino, más bien, en la simpatía por regímenes totalitarios como, por ejemplo, el de Cuba y Venezuela.

Este pathos revolucionario, privativo no sólo de los revolucionarios sino de todas las actitudes extremistas radicales, sean de derecha o de izquierda, no puede comprenderse sin la presencia del resentimiento. Max Scheler ha señalado que el resentimiento se configura como tal a partir de una reacción emocional frente a otro, que sobrevive y revive repetidamente, con lo cual ahonda y penetra cada vez más en el centro de la personalidad. A esto hay que añadir que la emoción siempre es negativa, ya que expresa un sentimiento de hostilidad.

Señala Scheler: «Quizá la palabra “rencor” fuera la más apropiada para indicar este elemento fundamental de la significación. El “rencor” es, en efecto, ese enojo retenido, independiente de la actividad del yo, que cruza obscuro el alma, y acaba formándose cuando los sentimientos de odio u otras emociones hostiles reviven repetidamente…»[4]. El resentido se nutre de un lacerante recuerdo, de una tenaz y desmesurada memoria de algo y sólo desde este suelo de profundo resentimiento es capaz de pensar toda la realidad, incluida la dimensión política. El otro, sea un individuo o la sociedad, resulta ser una presencia ofensiva que se guarda, se conserva siempre, se tiene siempre presente, siempre “delante de sí”. Y esta perenne presencia invade a todo el resentido y estalla, sin contención alguna, en un momento determinado.

Si la política se formula desde el resentimiento, resultará imposible la existencia de diálogo alguno. Por el contrario, la actitud frente al otro será la de golpear y humillar. Cuando irrumpe el resentimiento en una sociedad o cuando es proclamado desde la más alta magistratura de un Estado, se rompe la solidaridad, la cooperación y la conciliación de los intereses, y sólo se registra una guerra interna entre los probos (revolucionarios) y los réprobos (vende-patrias, cipayos, gorilas, etc.).

El resentido, fundado en su recuerdo siempre presente del otro como causa de todos sus males, genera una política fundada en la agresión y la violencia permanentes. Venezuela, y en menor grado otros países de América Latina, dan razón de ello.

*

Notas

[1] Milano, Giuffrè, 1970.

[2] I rivoluzionari di professione. Milano, Franco Angelli, 2008, p. 9.

[3] Ernesto “Che” Guevara. Obras Completas. Bs. As., MACLA, 1997, p. 233.

[4] Max Scheler. El resentimiento en la moral. Bs. As., Espasa-Calpe Argentina, 1944, pp. 10-11.

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