La insalvable incompatibilidad entre el peronismo y la república

Juan Domingo Perón y Eva Duarte

Juan Domingo Perón y Eva Duarte

Mi propósito, en este post, es mostrar la razón que ha conducido al peronismo, desde su misma génesis, a mantener relaciones de permanente conflictividad con el sistema republicano.

Resulta necesario, ante todo, recordar que el peronismo se sitúa dentro de la corriente romántica antes que la iluminista: siempre ha rechazado al Iluminismo por considerarlo una realidad totalmente ajena a la cultura argentina. Para Perón, el Iluminismo resultaba inaceptable por su negación de los valores del espíritu y su visión antropológica individualista. Era lógico, entonces, que siempre viera con absoluta desconfianza la concepción moderna de democracia por cuanto sus mentores pertenecieron al Iluminismo.

Ciertamente, la doctrina democrática moderna, amén de afirmar la absoluta laicidad del orden político, hace suya una visión antropocéntrica individualista. Esta última, conduce a la afirmación de que el orden político-social encuentra su legitimación fundante sólo si asegura los objetivos vitales elementales del individuo, o sea, sólo si complace su naturaleza rica de deseos: vida, seguridad, libertad externa, creación de la posibilidad del bienestar. Queda absolutamente fuera de los objetivos de esta visión el propósito de conducir a los hombres a alcanzar una perfección de orden ético, de cualquier modo que ésta sea determinada (vivir en la verdad o en la virtud).

De la visión individualista se sigue, además, la afirmación del principio de igualdad jurídica: todos los individuos, en sus relaciones recíprocas, son jurídicamente equiparables e independientes los unos de los otros. Y el criterio de regulación para la convivencia social y política es la ley del Estado: fuera de esta ley no existe soberano alguno, ni siquiera las mayorías.

Cuando la ley es la única realidad soberana en un Estado que se rotula de democrático, entonces se hace necesario asegurar la existencia de un poder absolutamente independiente, cual es el Poder Judicial. Una República, entonces, se caracteriza por la división de poderes, principio éste “destinado a asegurar, al ponerse en práctica, la moderación y controlabilidad de todos los órganos de poder del Estado”[1].

En la posición crítica de Perón respecto de la visión iluminista se advierte, con total claridad, una influencia de la posición de Giovanni Gentile. Gentile reconocía que la cultura italiana no podía gestarse sino dentro de su tradición, de la cual el catolicismo era el elemento determinante; la visión iluminista, por el contrario, era totalmente ajena al ser italiano en cuanto que era atea y anti-espiritualista. Claro está que, a juicio de Gentile, el catolicismo debía recibir una nueva forma para adaptarse a la mentalidad del hombre moderno. Esa forma consistía en su absoluta inmanentización. El nuevo catolicismo no predicaría ya un Dios creador, distinto del mundo, sino un Ser absolutamente inmanente a este último. De esta manera, para el filósofo de Castelvetrano, lo divino no era olvidado o perdido sino que era recuperado aunque ahora en la plena verdad de sí mismo: como realidad puramente inmanente a la historia, no concebido como sustancialidad sino como Acto puro, como devenir puro. Refiere Gentile: “El proceso de la historia (en su universalidad) es el proceso de Dios, cuya perfección, infinidad y absolutidad están, precisamente, en su devenir, que es como decir en su espiritualidad…”[2].

Este Dios gentiliano es auto-creación de sí mismo en su hacerse (farsi) a través del mundo y del hombre. Este dios inmanente gentiliano, que es la unidad de todo lo que es y, por eso, la única realidad universal, se manifiesta en el Estado. Este último, identificado con el dios inmanente a la historia, está llamado a realizar la plena unidad, o sea, tiene la misión de unificar las voluntades de todos los ciudadanos en una sola voluntad.

El denominado Estado ético, el de Gentile y el reeditado por el propio Perón[3], se caracteriza por haber unido en torno a su querer único todo querer individual. El Estado ético se configura como tal, según Perón, cuando se produce el pasaje del yo al nosotros, vale decir, cuando cada individuo hace que su voluntad se identifique con la del Estado[4].

Como podemos apreciar, el Estado peronista no sólo se ocupa de procurar a sus ciudadanos sus deseos sino que, fundamentalmente, los pretende ordenar a un estado de virtud que consiste en el abandono del “yo” y en la asunción del “nosotros”. En el Estado peronista, contrariamente a lo que sucede en el estado democrático moderno, no es posible que cada ciudadano determine por sí mismo sus propios fines: los fines más sustantivos les son impuestos por el mismo Estado. De allí que pueda entenderse el carácter que asume cada peronista: el de militante. El militante lucha dentro del ejército peronista con el fin de convertir las conciencias individualistas, haciéndolas una con la del Estado.

Ahora bien, ¿dónde se hace visible la voz única del Estado? La respuesta es categórica: en el líder, en el que conduce el movimiento. No se habla de partido por cuanto no se trata de una facción de la sociedad sino de toda la sociedad. El peronismo es, esencialmente, un movimiento que, al asumir la voluntad única del Estado –que es igual a la del líder–, ejerce una función pedagógica, diría más: soteriológica. En efecto, el movimiento saca a cada ciudadano de su individualismo para conducirlo a la realidad universal que es la de la voluntad única del Estado.

¿Cuál es el escenario de batalla donde cada militante peronista se mueve? El escenario es la mismísima patria. Es en ella donde se encuentra al enemigo, aquel que quiere hacer prevalecer su voluntad por encima de la voluntad todo-una del Estado, por encima de la de su líder. Esta militancia se nutre de la mística, la cual consiste en una vivencia que otorga una magnitud de ímpetu tal que permite redimir al pueblo de su ignorancia y egoísmo.

En esta última década hemos advertido cómo se ha proclamado, desde el mismo gobierno, la ideología de la diversidad, aunque en el campo político se haya sostenido, al propio tiempo, una absoluta unicidad. El poder político no admite diversidad alguna: sólo hay poder, dirá un peronista, donde se hace realidad la plena unicidad del propio poder.

Resulta una obviedad señalar que, el hecho de pretender entronizar una voluntad única en toda la Nación conlleva, necesariamente, a la violencia. Y esta violencia tendrá diversas caras según sean las circunstancias. Como expresa Del Noce, la violencia es “la reducción del individuo humano a ‘ser para otro’ o… medio y solamente medio”. Y cuando en política se considera al hombre en función de otro, no se lo tiene en cuenta por el valor que tiene en sí mismo, sino solamente por aquello que piensa y hace. Y si aquello que piensa y hace se identifica con la voluntad del Estado, del líder, entonces será bien considerado; si, por el contrario, la contradice, será un réprobo. Nadie podrá hacer profesión de sus valores más propios, sino que se lo invitará, de modo compulsivo, a abandonarlos.

La voluntad única del Estado es el poder excluyente de la Nación: todo otro poder no puede mantener sino una relación de absoluta subordinación respecto del mismo. De allí la imposibilidad de que existan poderes independientes, tal como lo exige una República. Aunque los acepte formalmente, los tratará de subordinar, de hecho, a la voluntad del líder.

Es esto lo que ha sucedido a lo largo de la historia del peronismo en Argentina. De allí que la incompatibilidad esencial entre peronismo y república, la cual ha atravesado la vida política de los últimos 70 años de la Argentina, nos haya conducido de un modo inexorable a vivir dentro de una contradicción permanente entre nuestro encuadre normativo y la praxis político-social cotidiana.

*

Notas

[1] Carl Schmitt. Teoría de la Constitución. Madrid, Alianza Editorial, 2009, 6ª reimpresión, p. 186.

[2] Giovanni Gentile. Sistemi di logica come teoria del conoscere. Volume secondo. Firenze, Le Lettere, 2003, 5ª edizione riveduta, p. 306.

[3] Cfr. Carlos Daniel Lasa. Juan Domingo Perón: el demiurgo del praxismo en Argentina. Bs. As., Editorial Dunken, 2012, pp. 22-27.

[4] Ibidem, pp. 22-23.

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1 Respuesta »

  1. Muy bueno Carlos tu análisis. Prolonga tu también buen libro sobre el tema.
    Sólo agregaría que -entre tantísimas cosas más- la imposición de esta ¿doctrina? nos acarreó también la quasi desaparición de la política, de la discusión en la plaza pública de aquello que nos une y nos separa. No en vano una “estrella” actual del deporte (Maradona) siempre sostuvo que él “no sabe nada de política” (aunque siempre estuvo chupando las medias a cuanto político se le puso enfrente). Rememorando una frase de otro grande del deporte (Gatica), del mismo tenor. El pobre peronismo es como la culminación de un proceso iniciado hace doscientos años, que no fue sólo un separarnos de España, sino el inicio de un desmoronamiento total, como el desgranarse de una mazorca de pueblos. Que dura hasta hoy. Nuestro afán de levantar “mitos históricos” (desde MItre hasta Pigna) no nos salva de la presente debacle. Es más: impide su comprensión. Una debacle que no es sólo política (aunque también).
    Disculpá mi atrevimiento. Un abrazo. LUIS

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