El totalitarismo pastoral

Ovejas en busca de su pasto

Ovejas en busca de su pastor

La expresión que hemos adoptado, acuñada por Leonardo Santorsola, designa aquella pastoral diseñada culturalmente a partir de la inversión de la concepción platónico-agustiniana, la cual pierde el valor ideal de la verdad, y es sustituida por una óptica estrictamente instrumental [1]. Los principios o las verdades evangélicas ya no son el punto de vista desde el cual se juzga al mundo ya que éste ha sido cambiado por una óptica esencialmente práctica que valora la realidad en función del resultado que se vaya a obtener y que tiene estrecha relación con la ventajosa situación en que la Iglesia (en particular, sus pastores) se posicione.

Resulta evidente la absoluta relativización de los valores a que conduce este totalitarismo pastoral cuyo pecado es, antes que moral, teorético. Ahora bien, ¿en qué consiste este, llamémosle, pecado teorético?

El inicio del mismo se encuentra en la asunción totalmente acrítica por parte del pensamiento católico de la idea de modernidad. La idea de modernidad, entendida como el camino del pensamiento humano hacia la radical inmanencia (que ha sido acuñada por algunos filósofos del iluminismo) ha sido compartida, curiosamente, por no pocos pensadores católicos. De allí que, en un primer momento, la actitud haya sido de total condena respecto de la misma.

Y decimos “en un primer momento” ya que, movidos por la idea de que la Iglesia debía hacerse presente en el mundo, y el mundo no era otra cosa que la modernidad entendida en términos de los iluministas, aquella debía acompañar el proceso de inmanentización secular.

Fue así que muchos teólogos católicos adhirieron al producto típico del racionalismo moderno al cual veían triunfante: el marxismo. Pero éste era, ante todo, una filosofía que se presentaba no ya como comprensión del mundo sino como pura transformación del mismo. La verdad, de ahora en más, no requería de contemplación alguna ya que la misma era el resultado de la acción transformadora del hombre sobre el mundo. El resultado fue obvio: la pérdida total de la fe. Esta última, en efecto, no pertenece a la relación saber-hacer sino al binomio permanecer-comprender.

Durante este período catocomunista eran frecuentes los intentos por mostrar la perfecta conciliación entre el cristianismo y el marxismo. Sin embargo, cuando se le aplicó al marxismo la misma categoría que él colocaba a los demás sistemas de pensamiento (cual es la idea de “ideología”), su sistema estalló, dando paso a un sociologismo relativista el cual sostiene que todas las concepciones de mundo no son más que expresiones de situaciones histórico-sociales, incluido el mismo marxismo. El pensamiento católico, autotitulado progresista, permaneciendo fiel al marxismo y a su fracaso, adhirió a posteriori al sociologismo emergente. Por ello, el discurso actual de este pensamiento progresista se ha centrado sobre temas cuales son la igualdad de género, los derechos de las minorías, la ecología, etc.

Ya lo decía el viejo Aristóteles: lo que comienza como un error inicial termina siendo un gran error terminal. Porque ¿qué ofrece este catolicismo posmoderno al hombre de hoy?, ¿qué inteligencia guarda del misterio cristiano?

La asunción acrítica de la idea de la modernidad y la posterior adhesión al marxismo terminó por desvalorizar, del modo más absoluto, a la filosofía. Se la concibió como un simple paso necesario en orden al ejercicio de una pastoral construida desde el espíritu marxista, primero, y desde el posmoderno, en un segundo momento. Esta pastoral ya no tendría el mínimo vestigio de la filosofía entendida como metafísica, sino que toda ella estaría diseñada a partir del imperativo de la acción por la acción misma. Esta situación condujo a una pérdida de la inteligencia del misterio cristiano y, en consecuencia, a un extravío de la praxis auténticamente cristiana. La promulgación de la Encíclica Fides et ratio, la cual nació, lamentablemente, para ser “cajoneada”, es la muestra clara de lo que acabamos de expresar.

Ahora bien, de la muerte de toda actitud contemplativa en las inteligencias de los que se dicen cristianos, se ha derivado el florecimiento de una razón preocupada y ocupada de ver cómo conciliar los intereses de la Iglesia (que para algunos se identifican con los intereses de los pastores) con el poder mundano.

En esta situación, la Iglesia está imposibilitada de ejercer el sentido de su misión cual es el de educar las conciencias en el misterio de la Redención; como consecuencia de ello, se articuló una pastoral alienada, dispensadora de “servicios” religiosos pero totalmente descuidada en lo que respecta al derecho de los fieles a ser educados en la verdad, al bien y a la belleza.

Y es preciso que digamos algo más: la pastoral totalitaria se mantiene a través de una vigilancia explícita sobre el ejercicio del pensar. Los pastores posmodernos se proclaman anticlericales y abiertos, aunque ejercen una férrea disciplina sobre el pensamiento de sus fieles, a los cuales mantienen siempre alejados de cualquier cuestionamiento dirigido a su pastoral posmoderna del pluralismo y del consenso.

La crisis de la Iglesia católica, en consecuencia, es una crisis de la inteligencia cristiana; para superarla será preciso tener un excesivo cuidado en el cultivo no sólo de la teología sino también de la filosofía.

Nos preguntamos en este punto: ¿llegará algún día en que se tomará en serio la formación filosófica de los que aspiran a pastorear el pueblo de Dios?, ¿llegarán a comprender que la verdad no es una cuestión anecdótica sino la savia de la existencia?

*

Notas

[1] Cfr. Leonardo Santorsola. Il problema dell’etica nella società secolarizzata secondo il pensiero di Augusto Del Noce. Roma, Pontificia Università Lateranense, 1999, p. 420.

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Clasificado en:Reflexiones, Religión

2 comentarios »

  1. Muchas gracias Dr. Lasa por el post. Sería muy bueno que lo leyeran nuestros pastores, si es que aún les cabe ese nombre.

  2. Fides et ratio es un intríngulis inentendible, propio del enriedo juanpablista. ¿leyó usted Cien años de modernismo del Padre Dominique Bourmaud?

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