La necesidad del ocio

La vida del neg-otium

La vida del neg-otium

Comenzamos este post dejando constancia de la dificultad de ofrecer un discurso positivo en torno al ocio por cuanto la vida humana se ha estructurado (casi de modo exclusivo y excluyente) en función del trabajo. En efecto, si el hombre vive para trabajar, como nos lo refiere el conde Zinzendorf, citado por Max Weber en su escrito «La ética protestante y el espíritu del capitalismo»), el ocio y la contemplación se presentan como instancias «sospechosas». En este sentido, «ocio» equivale a ausencia de trabajo, a reticencia al esfuerzo, a holgazanería. Al respecto el pensador alemán Josef Pieper expresa: «… en un mundo configurado precisamente por el principio de utilidad no puede haber un espacio de tiempo no útil, como tampoco puede darse un trozo de terreno sin aprovechamiento. Fomentar algo así sería como caer irremediablemente en el concepto de “sabotaje cultural”» (Una teoría de la fiesta, Madrid, Ediciones Rialp, 1974, p. 28).

Como se puede apreciar, el ocio es entendido ampliamente en términos de «negación», como «ausencia de», no descubriéndose en este estado ninguna positividad. Seguramente hemos oído hablar a los economistas de este modo: «mano de obra ociosa». Sin embargo, originariamente ha sucedido lo contrario, y esto porque la plenitud humana tiene que ver más con el «ocio» que con el «negocio». El neg–otium surge como la negación del otium. Pero, ¿qué se entendía en los albores de Occidente por otium?, ¿qué estima tenían del mismo los pensadores occidentales?

El ocio es un estado del alma que se manifiesta en una «forma de callar», en un «no anticiparnos a nada» con nuestro hacer para que podamos percibir la realidad tal cual es. Así como sólo puede oír aquel que calla, así también sólo puede percibir lo real el que no se anticipa a la mostración de las cosas, y las dejar ser «aquello que son». Sólo de esta manera es posible que cada hombre pueda encontrarse con su propio ser, con aquello que es y con aquel Ser que da consistencia a toda creatura. Sin el ocio, el hombre se transforma en un «perezoso». Ciertamente, la acedia (la pereza) significa, originariamente, la renuncia por parte del hombre al rango que se le fija en virtud de su propia dignidad, lo cual equivale a decir que ese hombre no quiere ser aquello que Dios quiere que sea. Este hombre se resiste, de este modo, a ser él mismo. Pieper nos advierte que «… la falta de ocio, la incapacidad para el ocio, está en estrecha relación con la pereza; de la pereza es de donde procede el desasosiego y la actividad incansable del trabajar por el trabajo mismo» (El ocio y la vida intelectual, Madrid, Ediciones Rialp, 1998, 6ª edición, p. 41).

Conocemos de aquella terapia que sugiere ocupar y saturar el tiempo existencial con el trabajo, con la finalidad de «no pensar», y de ese modo, supuestamente, «sentirse bien» a fuerza de no cuestionarse. Lo pernicioso de esta terapia es que la misma ahoga las preguntas capitales de las cuales el hombre «debe hacerse cargo» si es que quiere ser él mismo, si es que desea comenzar a transitar el camino del sentido, de la felicidad. Este hombre esclavizado por el trabajo ha colmado su espacio vital con el proceso laboral; por ello resulta incapaz de realizar o representarse una actuación que tenga sentido en sí misma y no sea precisamente el trabajo.

El ocio, entendido como aquel estado del alma que deja a las cosas mostrarse tal cual son, permite el «ver» (léase, teoría) la realidad tal como es, y de este modo se aleja el peligro de la distorsión o manipulación de la misma (la realidad) a causa de la tiranía del «querer». Decir que el primer acto del hombre es un «ver» que tiene por objeto el ser de las cosas, equivale a decir que el hombre es teórico y que está movido por la verdad. El fin del saber teórico es la verdad; el fin del saber práctico es la acción. Por ello, la «teoría» abre al hombre una perspectiva que trasciende el mundo de la utilidad, de la pura funcionalidad en el que corre (el hombre) el riesgo de quedar apresado.

La vida del otium (Filósofo Meditando, Rembrand, 1632)

El ocio es la condición para ver la totalidad de lo real, y es esta visión, precisamente, la que hace posible que el hombre sea libre. Ahora bien, sólo quien ve el todo, puede descubrir que la existencia del hombre no puede quedar reducida a un mundo estructurado sobre la base de una cadena de funciones ordenada a la producción y al consumo, en la cual no queda resquicio alguno para la iniciativa humana. No es casual que «escuela» signifique «ocio». Precisamente la escuela y la universidad son los ámbitos por excelencia en los que se debe cultivar el ocio contemplativo ya que el mismo es el reaseguro para la libertad y la creatividad humanas. Insisto: sólo quien que es capaz de ver el todo de la existencia se puede sustraer de cualquier mecanismo que pretenda «disciplinarlo» en una dirección determinada. En este sentido, es menester caer en la cuenta de la amenaza que representan aquellas empresas que, movidas por la «caridad», se disponen a financiar a la universidad. Dicha caridad, claro está, sólo será ejercida si la universidad se ordena totalmente al cumplimiento, no de sus fines, sino de los de las empresas, esto es, la producción y el consumo. Esta lógica no sólo amenaza con aniquilar la esencia de la universidad y de la escuela sino que, con ello, desaparece la posibilidad de que el hombre viva libremente. Una auténtica escuela y una verdadera universidad deben hacer posible que el hombre no quede clausurado en el asfixiante mundo de la producción y del consumo sino que su ser se ensanche hacia el horizonte de la verdad, del bien y de la belleza, únicas realidades que son capaces de provocar una danza eterna y gozosa del espíritu. Refiere Aristóteles: «El buscar en todo la utilidad es lo que menos se adapta a las personas magnánimas y libres» (Política, 1338, b).

En la actualidad asistimos con pasmo al primado del negotium. Sin embargo, Occidente se constituyó, culturalmente, al abrigo del ocio. Aristóteles, en la Ética a Eudemo, refiere que Anaxágoras dio la siguiente respuesta a quien lo interrogaba acerca de la finalidad de la existencia del hombre: «Para contemplar el cielo y el orden de todo el cosmos» (Ética a Eudemo es: 1215b 6. Id. 1216a 11). Esta afirmación de Anaxágoras recorre la más genuina tradición filosófica occidental, la cual siempre ha considerado que la mayor satisfacción del hombre se encuentra en el ver, en la contemplación, en la teoría. El mismo filósofo griego afirma, desde las primeras líneas de su Metafísica, que preferimos la vista a todos los demás sentidos. En el siglo XIII encontramos a un Tomás de Aquino que sostiene que la máxima felicidad humana se halla en la contemplación (Suma Contra Gentiles, lib. III, cap. 37). Y, en el siglo XX, Pierre Teilhard de Chardin afirma que la «historia del Mundo viviente consiste en la elaboración de unos ojos cada vez más perfectos en el seno de un Cosmos, en el cual es posible discernir cada vez con más claridad» (El fenómeno humano, Madrid, Taurus Ediciones, 1963, p. 43).

El ocio es la condición sine qua non para que el hombre pueda «ver», y para que pueda ver el fundamento del universo, y pueda ver–se a sí mismo. Este «ver» permite aprehender la pletórica existencia humana que alcanza su cenit en el gaudium de veritate (gozo de la verdad), en el banquete con la divinidad. Para otro griego, Platón, el hombre sólo alcanza su verdadera e íntegra estatura en el trato festivo con los dioses. Esta convicción constituye al auténtico Occidente hasta el advenimiento y, consiguiente degradación, constituida ––parafraseando al gran filósofo italiano Michele Federico Sciacca–, en «occidentalismo», esto es, una civilización organizada en pos de la búsqueda del puro bienestar material que, vaciando al hombre de sentido, lo transforma en un ser ordenado, todo él, a trabajar y consumir.

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Clasificado en:Filosofía, Reflexiones

10 comentarios »

  1. Excelente el blogs y este articulo.
    un abrazo

  2. Quiero Felicitarlo Daniel por el blog!!
    Cada día está más interesante y me gusta el diseño y la distribución para acceder a la información.
    Espero en algún momento poder contribuir con algo, cuando haya aprendido algo, claro.
    Un abrazo grande
    Juan Andrés

  3. este blog tem me ajudado muito em meu estudos no Posgrado em Ciencias da educação que estoy fazendo na UCSF.
    Pretendo cooperar com algunos textos mas adelante.
    Este artículo despierta el pensamiento de la filosofía. Abrazo fraterno.

  4. Este blog me ha ayudado mucho en mis estudios de Posgrado en Ciencias de educación que estoy haciendo en la UCSF.
    Quiero cooperar con algunos textos mas adelante.
    En este artículo se despierta el pensamiento de la filosofía.
    Abrazo fraterno

  5. Profesor Lasa lo felicito,ese tratadito de la vida serena de Pieper lo clarifica todo,si desconocemos la dimensión contemlativa a dónde va a parar la libertad
    del hombre?Gracias hoy tuve el gusto de conocerloa usted en la librería “Acción”qué paradoja.

  6. como esta Daniel? nose si me recuerda, hace muchos años paso por Corrientes. Unos jovenes estudiantes del primer año de psicologia lo recibieron y lo escucharon con gusto. Esos jovenes ahora son profesionales y siguen peleando por diferenciarse. Yo estoy trabajando ademas en la formacion de futuros religiosos
    QUERIAMOS RETOMAR EL CONTACTO. NOS PODRIA PASAR SU CORREO?.
    un abrazo en Cristo. DARIO DEJESUS

  7. Estimado Doctor Lasa: Un gusto saludarlo!!
    Es un enorme placer para mí leer su blog y seguirlo no sólo a através de la red, sino también tengo el gusto de escucharlo en la Diplomatura de Bellas Artes y en la Universidad en la cátedra de Filosofía que Usted lleva a cabo los días martes… Usted no se dá una idea todo lo que ha generado en mí, cuando lo escuché por primera vez en una jordanada de Educación allá por el 2008.
    Tengo para Usted palabras de agradecimientos desde la profundidad de mi ser!! gracias por tanto !!!!!.

    • Estimada Analía: agradezco sus muy generosas palabras aunque, creo, que no me las merezco en absoluto. Considero que es la Verdad la que genera in interiore homine los profundos cambios. Nosotros somos simples colaboradores en la difusión de la misma. Le mando un cordial saludo!

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