Lo que nunca te contaron de la “Revolución” de Mayo

Primera Junta de Mayo de 1810

Después de la agitada sesión del 25 de mayo de 1810, los Miembros de la Primera Junta reclamaron para sí un merecido festejo. Como quien no quiere la cosa, don Manuel Alberti, el sacerdote, le sugirió a Don Braulio Uriarte, distinguido comerciante de la época, costear los gastos de lo que comúnmente llamamos comilona. Total: Don Braulio se fue al mazo. Ya había pagado las empanadas del 25 al mediodía, y French y Berutti lo habían mangueado con un subsidio para comprar las cintas patrias. Además, el cura Alberti ya le había pedido alojar en su casa al Deán Funes y la comitiva de la Docta para más adelante. Estaba claro: don Braulio no iba a poner un mango. Saavedra miró de reojo a Juan José Paso que era quien lo seguía en fortuna. Paso, rápido de reflejos, dijo: “– Muchachos, ¡yo paso!”. La cuestión parecía empantanarse y no era propio de estos prohombres, que habían resuelto temas tan delicados e importantes, ahogarse en un vaso de agua. Belgrano, conocido por su generosidad, pero que en ese momento no tenía ni un escudo ni un real partidos al medio, sugirió hacer un vaquita. Al momento de pagar, sólo dos zafaron: Saavedra, que ponía la casa y Alberti que, por ser cura, se sentía eximido. ¿Quién tuvo que ponerse por él? Don Braulio…

El 26 por la noche, en la señorial casa de Cornelio Saavedra, doña Saturnina preparó la cena con especial y sospechoso esmero. Los criados habían estado lustrando la mesa principal y las diecinueve sillas bajo la severa supervisión de la aristócrata dueña. El menú había sido pensado estratégicamente y el postre venía con sorpresa. Nada de mazamorra, locro ni los consabidos pastelitos. El primer plato, obviamente, tenía que ser ensalada de salmón rosado; seguidamente, cordero patagónico con papas a la española. Y el postre, sabayón. A decir verdad, este postre fue desestimado por la propia Saturnina que consideró apropiado presentar un dulce más vernáculo: arroz con leche y canela. Para tomar, recurrió a la bodega de Cornelio la cual estaba muy nutrida con vinos europeos.

¿Quién llegó primero dando la nota? El cura Alberti, con las manos vacías y exigiendo que comenzara la cena. A las 22 tenía que rezar Completas. La mujer de Cornelio, Saturnina, tragó con dificultad para disimular su contrariedad al tiempo que pensaba: “Todo sea por la carrera de Corni”. Cornelio no daba señales de vida, ocupado como estaba en su baño de inmersión. Uno a uno fueron llegando: los restantes miembros de la Junta, don Braulio y su mujer, French y Berutti, el Coronel Notienequienleescriba y su esposa, el bien conocido jabonero Vieytes y su mujer, y un filósofo egresado de Chuquisaca cuyo nombre la historia no ha registrado.

Pasadas las 20.15, don Cornelio hizo una aparición cuasi estelar en la sala principal. Don Manuel respiró con alivio, al tiempo que pensaba: “¡Por fin el morfi!”, aunque recordó que antes debía bendecir la mesa. Después de esto, don Manuel aprovechó la ocasión para comunicar a los comensales que a las 22 se retiraría. La anfitriona comprendió, entonces, que debía apurar el tratamiento del Orden del día, y junto con el salmón largó el primer tema: “Comentarios en la Plaza pública acerca de la constitución de la Primera Junta”. A boca de jarro, Saturnina arremetió:         “– Distinguidos comensales, hoy me he encontrado en la misa diaria con doña Bernardita Arias Colombres y me ha dicho que el pueeeblo (y remarcó esta palabra con inusitado énfasis) ha recibido con gran alborozo la constitución de la Primera Junta y, en particular, el modo en que ha sido conformada”, y con su mirada incisiva recorrió los rostros de sus dieciocho comensales a modo de reafirmar esta última parte de su parlamento. Cornelio trató de mitigar la euforia de su consorte y con una falsa modestia expresó: “– La excitación popular a veces disfraza el descontento”. Don Braulio, masticando su salmón, puso cara de “¡¿Qué dijo?!”. Don Manuel, que ya había liquidado la entrada, fue cauto al decir: “– La Santa Madre Iglesia teme que estos brotes revolucionarios dañen sus buenas relaciones con la Corona española”. Crispado y lanzando sus cubiertos, Castelli se enervó y dijo: “– Distinguido don Manuel: la Santa Madre Iglesia comprenderá, seguramente, que no estamos frente a un brote revolucionario. El Padre Francisco Suárez, hijo dilecto de la Iglesia, nos ha enseñado que el poder reside en el pueblo y que éste otorga el ejercicio del poder al gobernante”. “– Exacto”, expresó Paso, “eso quedó muy claro en la sesión de ayer. Preso el Rey, el poder vuelve al pueblo. ¿No está ocurriendo lo mismo en la península?” El joven filósofo, con el cariz que había tomado la conversación, comenzaba a alegrarse, y cuando se aprestaba a explicar por qué no se trataba de una revolución, Saturnina, secundada por Matheu y Larrea, le salió al cruce. Saturnina, porque el tiempo corría y debía quedar en claro quién sería el mandamás rioplatense. Matheu y Larrea, como buenos comerciantes que eran, querían enfocarse en cuestiones más prácticas y no en tanto divagues bizantinos. Al fin y al cabo, habían tenido que tolerar una semana a los “teóricos” delirando y no estaban dispuestos a soportar los divagues de un filósofo en este festejo.

Casa de Cornelio en espera de los comensales

Saturnina, aprovechando la distracción de los comensales ante la presentación del primer plato, se apuró a instalar el próximo punto del Orden del día: “Consideración del Proyecto de Resolución de la Junta proponiendo el encabezado que deben llevar los documentos oficiales del Nuevo Gobierno Patrio”. Saturnina sugirió un tratamiento sobre tablas de la cuestión ya que la misma, reglamentariamente, debía pasar a comisión. Por unanimidad, se resolvió tratar el asunto sobre tablas. Saavedra, que hasta el momento no había hecho más que comer y beber, sugirió encabezar los documentos oficiales con la siguiente frase: “Al Virreinato del Río de la Plata, salud”. Al tiempo que pronunciaba esto, proyectó en su imaginación su futura designación como Virrey. Saturnina asintió con entusiasmo. Matheu y Larrea apoyaron, como siempre, al “oficialismo”. No pasó lo mismo con Moreno que rápidamente improvisó otro encabezado. “Yo propondría este otro que me parece que representa mejor lo que ha pasado en el Río de la Plata: ¡Rey depuesto, poder al pueblo!”. El joven venido de Chuquisaca vio propicia la oportunidad de meter su bocadillo (el que instantes antes le habían arrebatado doña Saturnina y los dos comerciantes). “Me temo que las propuestas de Saavedra y Moreno adhieren a diferentes corrientes teóricas. Hay que tener cuidado, Señores, con las palabras que empleamos porque una cosa es el iluminismo y otra muy distinta la escolástica del Padre Suárez”. Una idea, ni iluminista ni suarista rondaba por la cabeza de don Braulio: que un criado le ofreciera una nueva porción de papas a la española. A Matheu, que poco le importaba la diferencia entre las dos posturas, insistió en que se votara para poner fin a esta discusión. Después de todo, lo habían invitado a comer y no a agotar su cerebro en vanas elucubraciones. Saturnina aprobó de inmediato la moción. Y dijo a viva voz: “– Quienes estén a favor de la propuesta de Don Cornelio, levanten la mano”. Fueron nueve. En contra, se contaron cinco votos, y otros cinco se abstuvieron. Envalentonada por el triunfo de la propuesta de Corni, doña Saturnina apuró el postre y la sorpresa. Tocó tres veces la campanita y al instante se apersonaron ocho criados. Seis llevaban los postres y dos, en un almohadón rojo de raso con borlas doradas, una corona de laureles. La anfitriona se levantó de su silla y tomando la corona la depositó sobre la pelada de don Corni, ungiéndolo, al tiempo que pronunciaba estas palabras: “– ¡Ave Cornelio, fulgor que animas esta gesta patriótica! ¡Tu pueblo te saluda!”.

Cuenta la historia que Moreno se retiró de la cena mascullando bronca y cargado de desilusión. La conquista de la libertad a la que aspiraba no había sido más que un sueño. Saavedra congratuló a su señora esposa por su brillante estrategia. Sin embargo, Saturnina no se perdonó el grave error de no haber encargado un peluquín a París para la pelada de Corni. A Matheu y Larrea les pareció desubicada la coronación pero, acostumbrados a “cinturear”, aplaudieron mecánicamente. Belgrano, inocente como era, no llegó a comprender la dimensión de la “coronación” de Saavedra. Don Braulio pidió más azúcar y canela para su arroz con leche. El cura Alberti, sacando de su sotana el reloj de su abuelo, se apuró para ir a rezar Completas. Y del joven filósofo, como ya lo dijéramos, no se tiene registro alguno en los Anales de la historia.

F   I   N

Colaboraron en este post, Doña Onírica, la PerfectaCondolasa Arroz.

Anuncios

Etiquetado como: , , , , , , , , , , , ,

Clasificado en:Humor, Otros, Reflexiones

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Créditos

Diseño y gestión digital: @Condolasa

Créditos

Edición de contenidos: @SBroggi

A %d blogueros les gusta esto: