La apatía política

La apatía política

La pasión es un fenómeno específicamente humano. Ni Dios, ni los ángeles, ni los animales, ni los vegetales sufren pasiones. Platón en su diálogo Fedro refiere que la pasión es como un estar fuera de sí. El que tiene pasión, el que padece, se encuentra en un estado pasivo respecto de una realidad activa que es la causa de su padecer. La pasión, como ocurre con los que se aman, saca al amante fuera de sí donando su ser al amado. Todo su ser se ordena a él, nada se reserva. Y sólo el hombre que sufre una pasión puede entusiasmarse. Entusiasmo es la exaltación y fogosidad del ánimo, excitado por cosa que lo admire o cautive; entusiasmo es la adhesión fervorosa que mueve a favorecer una causa. La pasión se enciende por el conocimiento de la amabilidad de un objeto conocido.

¿Qué es aquello que genera, en la actividad política, la pasión, el entusiasmo? Dicha realidad no puede ser otra que el fin de la misma actividad política, esto es, el bien común. Ahora bien, en el ámbito de una Nación, en el ámbito de una polis, ¿quiénes se entusiasman, quiénes son aquellos que tienen pasión por el bien común de la misma? Resulta evidente que todo ciudadano como miembro de la civitas es un apasionado del bien común de su Nación, de su comunidad. Dicha pasión conduce a algunos a ocuparse directamente de la consecución de dicho bien común. Ellos son los que actualmente denominamos políticos, queriendo indicar con ellos los hombres que hacen de la dirección de la comunidad al bien común político su profesión. Sin embargo, todos somos políticos porque a todos nos compete el bien común de la polis. En este sentido, todos debemos hallarnos, respecto de él, en un estado de pasión, de entusiasmo.

La realización del bien común nos apasiona, nos entusiasma. Y todos somos partícipes del plan, del proyecto que realizan nuestros gobernantes para hacerlo efectivo. El proyecto se gesta a partir de una intencionalidad, de un tender hacia, que es primero en la intención y es último en la ejecución y que guiará todos los actos intermedios entre los dos estadios del fin: el de la intención y el de su ejecución. Es la Nación a través de sus representantes que elaboran un proyecto, un fin al cual todas las fuerzas se ponen en marcha para realizarlo. Puede ocurrir que dicho proyecto, dicho plan, dicha intencionalidad no pueda ser obra de la Nación sino que para la misma se diseña un proyecto que viene impuesto desde afuera de la misma. ¿Qué sucede en la vida de la polis cuando no puede gestarse, desde la misma este proyecto?

Cuando se arranca a los pueblos o a las personas la autodeterminación se le quita toda pasión político, todo entusiasmo político. ¿De qué vale ocuparse de lo político si nada podemos hacer? Dentro de este clima espiritual de una Nación hace su epifanía la apatía, la ausencia de todo fervor por el bien común, la carencia de ese vivir fuera de sí entregando la vida a la realización del bien común. Cuando en una sociedad se ha esfumado toda posibilidad de autodeterminación, toda pasión, todo entusiasmo desaparecen. ¿Qué queda? El mero vivir sin pasión, el mero vivir sin entusiasmo, como podemos leer en el Fedro de Platón. Si no podemos proyectar, idear nuestro plan, tener una razón por la cual vivir entusiasmados, no nos queda más que pasar lo mejor posible, lo que equivale a decir gozar todo lo que nos sea posible dentro del margen que nos dejan dentro de un plan forjado por aquellos que son los únicos que proyectan. Haciendo como si nos autodeterminamos convirtiéndonos en meros ejecutores de planes que no nos conducen al bien común deseado por todos.

Si se quiere re–conquistar la pasión política será menester que todos nos ocupemos de re–crear un espacio de autodeterminación en el que forjemos una auténtica cultura, la cual sea el humus que nutra un entusiasmo político capaz de generar un proyecto propio de Nación. De lo contrario viviremos en una permanente apatía política que nos empobrecerá a todos no sólo materialmente sino, –y esto es lo peor que le puede pasar a una Nación–, espiritualmente. Cuando un pueblo pierde la vida del espíritu se convierte en un discapacitado para generar una cultura que nos cultive elevándonos hacia la plenitud.

Lo que hemos mostrado precedentemente, ¿no ocurre en nuestra Nación? Todos saben, tanto los ciudadanos como aquellos que de dedican a la actividad política que carecemos de autodeterminación. En las propuestas de los candidatos que tienen posibilidad de triunfar jamás se hace mención a un proyecto de país. Ni siquiera se discute. La diferencia entre uno y otro es simplemente modal: “Nosotros seremos más éticos”, “Nosotros transparentaremos la función pública”, etc., etc., etc. Pero el problema no es sólo ni principalmente el referido, sino que la cuestión esencial es la del fin hacia el cual nos dirijimos. ¿Quién lo delinea si no es quien gobierna? El dirigirnos hacia ese fin, ¿es realmente el bien de nuestra Nación? Sin embargo, en la Argentina todavía existen hombres que son capaces de pasión, que son capaces de entusiasmarse para realizar algo grande. No todas las almas han sido compradas por unas monedas. No todas las almas han perdido el eros. Quizás puedan ser estos hombres la levadura que transforme la masa devolviéndole la pasión política. Será menester, entonces, la unidad de los mismos en orden a la re–creación de una propia cultura que convierta al pueblo argentino en una Nación verdaderamente libre donde cada ciudadanos este poseído por la pasión política.

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1 Respuesta »

  1. ¡Bienvenidos los Metafísicos!
    Cuando la reflexión filosófica se involucra con los asuntos de la polis se inaugura un período de enriquecimiento espiritual para todos sus ciudadanos.
    Celebramos con inmensa alegría esta generosa invitación al diálogo.
    ¡Felicitaciones Daniel! Muchas gracias.
    Cristina y Lorenzo

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